Enunciar lo silenciado

Lucia Riessig es una artista porteña que, en un juego de texturas y materiales, se adentra en ese intersticio incómodo entre el mandato y el deseo.

Revista Ojo de Salvia

Lucia Riessig es una artista porteña que, en un juego de texturas y materiales, se adentra en ese intersticio incómodo entre el mandato y el deseo.

Lo que no se nombra no existe, dice una frase feminista que ya es leyenda. Sin embargo, lo que no se nombra también deja un rastro que, a fuerza de repetición, carcome y es carcomido, muta y hace mutar, genera significados y significantes. Cuando hablamos de trabajo doméstico y de cuidados, hablamos de una labor invisible que recae en mayor medida sobre mujeres y feminidades y que, explícita o implícitamente, les impone el mandato de maternar, cuidar, limpiar, contener y escuchar a lxs demás. Estas tareas, por intangibles, se hacen pasar por descartables y, por silenciosas, por prescindibles. Así se las subestima, quitándoseles valor económico y simbólico.

Desde otra perspectiva, el mundo del arte también está atravesado por el trabajo invisible. El quehacer cotidiano en el taller, la autogestión, la creación de proyectos, la búsqueda de subsidios, el montaje, las vernissages, son tareas que se dan por sentado, pero forman una parte fundamental del ámbito artístico. Es allí donde ambos universos se intersectan, generando vasos comunicantes entre el ámbito privado (casa/taller) y el público (ciudad/galería, museo).

Estas, entre otras problemáticas, son las que atraviesan la obra de Lucia Reissig, artista porteña nacida en 1994. Para Reissig, la elección de su carrera decantó de manera natural por la influencia de su abuela artista. Así, luego de estudiar Artes en la UNA, asistió a la Clínica de Arte de Ana Gallardo, participó del Programa para Artistas de la Universidad Torcuato Di Tella, en la Escuela Incierta en Lugar a Dudas (Colombia) y ganó el Premio Beca Joven del Premio Artes Visuales Kenneth Kemble, entre otras experiencias. Cofundadora de Proyecto NUM, en el cual se dedicó a generar archivos de manifestaciones feministas entre 2015 y 2017, Lucía comenzó a investigar sobre el trabajo doméstico y de cuidados, a partir de una experiencia personal. 

En el 2017, por una crisis económica, la artista decidió emplearse como trabajadora de casas particulares, lo cual no se limitó al ámbito laboral, sino que modificó completamente su manera de ver el mundo. De este recorrido surge El trabajo invisible, una serie que nuclea diferentes prácticas artísticas que van desde la escultura y la fotografía hasta la creación de un sindicato.

Lo que no se nombra no existe, dice una frase feminista que ya es leyenda. Sin embargo, lo que no se nombra también deja un rastro que, a fuerza de repetición, carcome y es carcomido, muta y hace mutar, genera significados y significantes. 

La primera parte del proyecto —el eje material— se basa en una serie de obras realizadas con trapos. Estos fósiles domésticos se convierten en esculturas rugosas enrolladas sobre sí mismas o colgadas de las paredes. “Yo trabajaba pensando en términos artísticos, políticos, culturales y conceptuales, mezclando los tres lenguajes”, cuenta la artista. “Lo que pude hacer a nivel material fue un vehículo para hablar de otras cosas, una expresión artística que representaba algo más. Al principio le di mucho énfasis a la figura del trapo, porque me pareció que había una relación entre el trapo y el cuerpo y cómo estas dos formas acumulan momentos, se desgastan y cuentan cosas. La materialidad terminaba siendo la excusa para hablar de tiempo, de trabajo, de desgaste, de cansancio para hacer reflexiones sobre otras cosas”. 

En la segunda instancia —que Lucía nombra “archivo visual”—, la artista genera un registro fotográfico de fragmentos de su quehacer diario como empleada doméstica. Esta serie de imágenes híbridas cruza retratos con pedazos de vajillas rotas y paisajes de restos de comida. Una escoba apoyada, una montaña de platos, un billete sobre la mesa —que será o no la paga de quien lo retrata— forman naturalezas muertas del tercer mundo donde el tiempo se ralentiza. “A partir de la carga social y cultural, a nivel estético, empecé haciendo una mezcla para articular una vida que estaba fragmentada y terminé encontrando mi propia forma de hacer obra”, comenta.

El último trayecto de El trabajo invisible tiene que ver con la organización comunitaria, los lazos de solidaridad y la grupalidad que caracteriza a las mujeres y feminidades. Por eso resulta natural que las reuniones de mujeres convocadas por la artista, en el marco de un taller realizado en Tucumán, hayan decantado en la idea de crear el Sindicato de Trabajadoras Invisibles. Este espacio común se basó en una serie de encuentros político-afectivos donde repensar los mandatos, las obligaciones, los espacios de contención y la manera de apropiarse del disfrute y el descanso. 

“El Sindicato fue una forma de colectivizar la idea de trabajo invisible, de que todxs somos trabajadorxs invisibles, a través de nuestros proyectos, nuestro apoyo, de generar contenido, lxs artistxs también. Fue una búsqueda por ampliar este concepto para la vida de todxs”, cuenta Reissig sobre el proyecto que generó tramas entre las experiencias individuales y colectivas. Las actividades realizadas por el Sindicato fueron desde la creación de una bandera uniendo telas de almohadas decoradas, hasta reuniones que se apropiaron del ocio, generando militancias despegadas del estereotipo masculinista. Todo esto quedó plasmado en la exposición y los encuentros realizados en la galería Selvanegra.

Los paralelismos entre el trabajo invisibilizado en el ámbito doméstico y el artístico plantean ciertas dudas: ¿Qué sucede cuando los trabajos de cuidados toman cuerpo, peso y textura a partir de los materiales artísticos? ¿Qué produce la traducción del sujeto en objeto? ¿Cuánto del trabajo inmaterial es tenido en cuenta a la hora de valuar una obra de arte? ¿Cómo se arman estrategias sindicales a partir de los trabajos no remunerados? 

En ese intento de enunciar lo silenciado, Lucía trabaja como intérprete de los mutismos cotidianos que se doblan bajo las sábanas, se desempolvan en las juntas de las paredes y se barren en cada esquina. Gracias a la versatilidad de su arte, se posiciona en el límite entre efervescencia y quietud, lo estable y lo cambiante, lo rugoso y lo lustrado, lo urgente y lo ocioso. Entre el cuerpo vivo y el cuerpo trapo hay una acción-encuentro que le permite entrar y salir de los espacios domésticos, artísticos y militantes, para dejar en evidencia que si hay algo que se nombra es porque, sin dudas, existe. 

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Autorx

Dalia Cybel

Redactora